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Los estudiantes – Entrevista a Celina Murga, directora de “Escuela Normal”

Entrevista con Celina Murga, cuyo documental Escuela Normal fue presentado en una función especial en el 14o BAFICI – Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente.

Celina Murga siempre tuvo ganas de hacer un documental. Un palpable espíritu de registro de observación ya rondaba sus películas anteriores -Ana y los otros (2003) y Una semana solos(2008)- y anunciaba el coqueteo de la directora con la no-ficción. Con Escuela Normal, Murga concreta su deseo de filmar los momentos en los cuales la realidad se revela independientemente de la manipulación y del artificio, como describe ella.

Celina estuvo un año acompañando la cotidianeidad de la Escuela Normal Superior José María Torres, en Paraná, institución en la que ella misma estudió y que le causaba una inmensa curiosidad: ¿cómo sería volver a esos enormes pasillos veinte años después y desde una perspectiva muy diferente? “El país cambió mucho, y hace tiempo me daba inquietud ver lo que podía haber cambiado allí”, cuenta la entrerriana. Además del vínculo afectivo que la motivaba, la realizadora explica que hay algo muy fuerte en la historia de ese lugar, fundado en 1871: se trata de la primera escuela normal creada por Domingo Faustino Sarmiento, con el objetivo de formar maestros que luego fueran a enseñar a otras partes del país. En una nación tomada por la inmigración, Sarmiento creía en la necesidad de estandarizar la educación, formando de esa manera un ciudadano argentino.

La cineasta estaba desarrollando el guión de su tercer largo, La tercera orilla, cuando un concurso del INCAA buscaba proyectos de documentales que representaran a cada provincia del país con motivo del Bicentenario. La convocatoria reactivó sus deseos de estar en la escuela. Murga transformó 140 horas de material en dos películas: una de 48 minutos, a ser exhibida en televisión como parte de la serie El camino de los héroes, y la versión que se presentó en los festivales de Cartagena, de Berlín y ahora en el BAFICI.

Hay mucho de documental en tus ficciones y una fuerte impronta de ficción en este documental ¿Cómo fue el proceso creativo en este caso?

Siempre tuve la fantasía de dirigir un documental. Hay también una búsqueda narrativa en el cine de ficción que yo hago que tiene que ver con lo documental, con la idea de registrar situaciones independizadas de su factor dramático, algo que distingue a la ficción en su sentido clásico. Esa cosa de observar los personajes, los acontecimientos. Yo tenía ganas de explorar un formato de producción que me permitiera estar menos atada a un guión y a situaciones de producción que me condicionaran. En el comienzo, me resultaba raro el hecho de no estar controlando 100% lo que pasaba delante de la cámara. Siento que el control en el documental está en el montaje y en las decisiones que se toman sobre qué filmar. Un director de ficción está acostumbrado a que lo que se desarrolla delante de la cámara está mucho más ligado a lo que uno espera ver. Muchas veces, al filmar ficción, espero esos momentos que se escapan de lo planeado. Hay algo de esa dinámica que a mí me atrae mucho: cuando la realidad se revela independientemente de la manipulación y del artificio. En el documental, ¡eso sucedía todo el tiempo! Me resultó muy disfrutable solamente observar lo que pasaba, mientra que al dirigir ficción lo que pasa está mucho más relacionado a mi intervención.

¿Cómo se eligieron las situaciones y personajes que se muestran en Escuela Normal?

Esa es una escuela muy grande, que tiene desde el jardín de infantes hasta el secundario: son casi 1.600 alumnos. Yo sabía que quería centrarme en los chicos de los dos últimos años. La intención era hablar de un momento donde el pasaje entre ser estudiante secundario al mundo exterior está muy puesto en evidencia. Hicimos una especie de casting, preseleccionando algunos chicos que queríamos seguir dentro de cada aula. En el proceso, hubo aquellos que fueron creciendo, y otros que se apagaron, que se fueron disolviendo en el grupo. Cuando arrancamos con la filmación, teníamos pautado un organigrama de clases: hoy vamos a esa clase, mañana a la otra. No pudimos seguirlo bien  porque la escuela es un lugar mucho más imprevisible de lo que era cuando yo cursaba, lo que me sorprendió mucho. En un momento ya no hay clase, el docente no viene, vamos a tomar una chocolatada, ahora hay elecciones. Existen millones de situaciones que pasan alrededor del aula en sí y hace que la escuela sea mucho más dinámica. Por otra parte, yo no podía dejar fuera el personaje de Macacha, la jefa de preceptores, que me fascinaba por la manera en que lidiaba con una especie de caos en ese lugar. La convocatoria del INCAA que impulsó la realización del proyecto se titulaba El camino de los héroes, y para mí Macacha es una verdadera heroína.

¿Por qué las elecciones para el centro de estudiantes terminan cobrando tano protagonismo en la película?

De las elecciones nos enteramos cuando comenzamos a filmar. Empezamos a seguir las dos listas y, de golpe, teníamos un montón de esas situaciones, que se impusieron como un eje narrativo muy interesante y revelador. Lo que más me llamó la atención al destacar eso fue mostrar a una juventud activa, con cierto compromiso en cuanto al contexto que la rodea y con ganas de hacer, de proponer. Esos fueron los chicos que decidimos retratar, escapando a cierto pensamiento generalizado hace unos años -por lo menos en la Argentina- de una juventud apática.

La “sensación” del BAFICI del año pasado fue El estudiante, de Santiago Mitre. ¿Te parece que hay una conexión entre las dos películas?

Escuela Normal se filmó antes de que yo viera El estudiante. Me pareció gracioso porque ¡los jóvenes de la película de Mitre podrían ser los chicos de Escuela Normal unos años después! Lo que más me gusta de mi película es ver a los chicos ensayar o dar sus primeros pasos en la ciudadanía, en eso de elegir, de ocupar roles, de poder hacer… Hay como un lugar común de ser adolescente que tiene que ver con quejarse, y es atractivo verlos salir de la zona de la queja para pensar qué harían en determinada situación, cómo proponer un cambio. Esas preguntas se articulaban todo el tiempo entre los chicos, y estaban presentes en sus acciones. En ese sentido, obviamente hay una relación entre las dos películas: la idea del poder hacer a través de la política y de la acción cotidiana.

Muchas películas posan la mirada en el ambiente estudiantil ¿Hubo alguna en especial que fue importante en la gestación de Escuela Normal?

Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002) es un documental francés hermoso que estaba mucho en mi cabeza. De todas maneras, la película de Philibert tiene una estructura más anclada en la idea del paso del año, una percepción más cerrada sobre el ciclo lectivo. Otra película que me apasionaba era High School (1968), del estadunidense Frederick Wiseman, un documentalista que me encanta. Como en muchos de sus films, es alucinante como logra tener una mirada muy incisiva y una observación muy aguda sobre el funcionamiento de las instituciones. Yo tenía claro que quería trabajar sobre la institución, sobre cómo es la educación en la escuela hoy, pero no quería convertir mi documental en un análisis sociológico porque yo soy una directora de ficción, y me interesan los personajes, rescatar lo humano. Estaba muy nítido desde el principio que la estructura tenía que lograr ese equilibrio entre la observación y el análisis institucional, pero a través de personajes muy claros y definidos por medio de los cuales uno pudiera entrar en la película y sentir empatía. Por ejemplo, esa preocupación fue fundamental cuando planteamos si íbamos a incluir las escenas que pasan afuera de la escuela, si iba a estar la percepción de la escuela como claustro o no. Y me interesó salir porque la película no era sólo sobre una escuela sino sobre esos personajes. Entonces me pareció rico poder verlos también en otros ambientes.

Hablando de los personajes, hay una atracción muy fuerte por los jóvenes y niños en tu cine.

La idea de filmar a jóvenes o a niños tiene que ver con tomar una posición, una distancia para ver al mundo de los adultos. Me parece que todas mis películas, si bien son protagonizadas por niños y tienen el punto de vista narrativo de uno más chico, siempre están hablando de las dinámicas sociales que los adultos planteamos. Es una manera indirecta de acercarse a ese mundo social adulto. Creo que los niños y los jóvenes son un punto de vista interesante para ver la realidad.

Comparando el comportamiento participativo de los niños de Escuela Normal con el de los personajes de Una semana solos hay una gran distancia…

Al observar a los chicos de Una semana solos puse la lupa sobre un microcosmos que está devolviendo un entorno social y político. Hay un estado de las cosas en esos chicos que tiene que ver con un contexto adulto de discusiones  y de políticas; hay un análisis sobre lo social a partir de la observación de lo cotidiano. Todos estamos atravesados por lo social y, acompañando a los niños de Una semana solos, podemos pensar en esa sociedad hoy: qué la sostiene, sobre qué pautas está basada, y ahí es donde aparece la dimensión política. Quizá, también, son más chicos, siendo así más receptores de una circunstancia que los presiona. El confinamiento del barrio cerrado es muy gráfico en ese sentido: hay un estado de cosas que los limita y ellos no tienen mucha acción. Cuando accionan, lo hacen por reacción frente a algo que los está oprimiendo. En cambio, en Escuela Normal lo que tomé de la realidad es justamente a los chicos que tienen más voz, más posibilidades de accionar sobre el afuera.

Ya está en camino tu nueva película de ficción, La tercera orilla, que empezaste a desarrollar antes de la realización de Escuela Normal…

La tercera orilla transcurre en Concepción del Uruguay, también en Entre Ríos, en la frontera con el Uruguay. Es la historia de un adolescente de 16 años y el vínculo con su padre, un médico conocido en la ciudad. Hay una relación bastante particular entre los dos, ya que el chico es el hijo de una familia paralela del médico. Eso se acerca a la idea de identidad y la película cuenta el momento o el proceso en el cual el personaje se enfrenta a la situación de decidir qué hacer con ese contexto en el que vive, con ese mandato paterno-social. Estamos ahora en la etapa de casting y vamos a filmar a fin de año. Empecé con ese guión en 2009 e incluso con la realización de Escuela Normal en el medio del camino el desarrollo de La tercera orilla nunca fue completamente interrumpido. Lleva mucho tiempo hacer una película que tiene una estructura financiera mayor. La oportunidad del documental estuvo buenísima para no tener que esperar tantos años para salir a filmar y, por otra parte, para poder hacer algo con más libertad. No me gusta estar tanto tiempo sin rodar, aunque no soy una persona que precisa estar filmando siempre. Yo me alimento de los procesos, empieza a haber como un diálogo donde el texto escrito se nutre de lo que voy encontrando en la realidad.

(Publicado en Otros Cines el 15 de abril del 2012. La entrevista fue realizada en el marco del Talent Press, plataforma para jóvenes críticos y periodistas de todo el mundo, en la edición Buenos Aires – 2012. Para ver la versión en inglés, haz clic aquí. Fue publicada una versión reducida de este texto en Sin Aliento, el diario del BAFICI – Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente)

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2 comentários sobre “Los estudiantes – Entrevista a Celina Murga, directora de “Escuela Normal”

  1. Quisiera poder contactar via e-mail con Celina, para Mostra Internacional de Documentales en Olot (Girona – Spain)

    Publicado por Jordi TEIS | 05/09/2012, 18:43

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