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Estoy en casa – El cine de Naomi Kawase

¿Cómo desapareció? Desapareció así. Sin más. Sin creación de clima. De repente. Callejuelas de una ciudad milenaria, árboles en el camino, nubes pesadas, las campanadas cadenciosas de un ritual fuera de campo. Así. Cruzó el túnel en construcción. Huyó entre las bananeras del patio, entre los árboles al borde de la carretera de tierra. Murió.

En las películas de Naomi Kawase, algo desaparece. Pero no se sabe cómo; simplemente desaparece. Sea el hermano mellizo en Shara (2003); el tío en Suzaku (1997); Toi en Nanayo (2008); Shigeki en Mogari no mori (El bosque del luto, 2007); el amigo terminal Nishii Kazuo en Letter from a yellow cherry blossom (La danza de los recuerdos, 2002). La ausencia es una presencia que marca.

Naomi nació en 1969, en Nara, ciudad más antigua de Japón y vieja capital del imperio. Los padres se separaron y desaparecieron; ella fue adoptada por la tía-abuela y tío-abuelo. Jugaba basquetbol en la escuela, pero pensó que no podría hacer eso para siempre: el máximo, hasta los 30 años. Tampoco se imaginaba trabajando en una empresa, y meditaba acerca de cómo sostenerse. Desde niña ella tenía la necesidad de crear cosas; siempre le interesó la creación en todos los sentidos. Así, para canalizar esa inquietud creativa, ella entró en la Escuela de Fotografía de Osaka (hoy, Escuela de Artes Visuales de Osaka).

Naomi cuenta en una entrevista a Aaron Gerow, la anécdota de un profesor que aconsejaba a los alumnos que se centraran en cosas que parecían inevitables; algo con lo cual no existiera otro remedio que no fuera el enfrentamiento. En la época, eso correspondía a la desaparición de su padre. No lo eligió porque su ausencia la molestaba, pero era una temática irresistible. El hecho de no saber qué tipo de persona la había traído al mundo le generaba inseguridad, y ella tenía que resolverla en la identidad para continuar creciendo. Esa cuestión emerge desde los primeros corto-metrajes de Kawase, y es el centro de Embracing (En sus brazos, 1992), filme con el que la cineasta llamó la atención de la crítica. Embracing fue seguido de Katatsumori (1994) y Seen the heaven (1995), en los cuales Naomi retrata la relación cariñosa con su tía-abuela Uno Kawase, y que fueron premiados en el Festival Internacional de Documentales de Yamagata. Después del reconocimiento con Katatsumori y Seen the heaven, Naomi estalló para el mundo al tornarse la cineasta más joven (¡28 años!) premiada en el Festival de Cannes por ganar la Caméra D’Or por Suzaku, en 1997. A partir de entonces, ella estuvo en los principales festivales del mundo, pero la gran consagración vino con el Gran Premio del Jurado para Mogari no mori (2007), en la 60ª edición de Cannes. 

Kawase adoptó su propia historia como materia-prima de sus producciones que, sobre todo en el comienzo, son como diarios filmados. Ella misma comenta que su relación con el cine es su forma de relacionarse con la vida, el reconocimiento del hecho de vivir en sí. Naomi prescinde de la visión global del mundo y describe las cosas a partir de su conexión con ellas. Construyendo un nuevo universo que emana de sus sensaciones y sentimientos, la idea de Kawase es ver con qué elementos sonoros, verbales y físicos se puede reconstruir una emoción fijada en el recuerdo de uno.

Cuando hablan de Naomi, es casi segura la referencia a Chris Marker y al Pillow book, de Shei Shonagon, sobre las cosas que hacen el corazón latir más fuerte, en Sans Soleil (1983). A Kawase no le gustan las comparaciones – cada uno hace su película, dice -, y ella es mucho más afable que el esquivo Marker, pero es imposible no relacionarla con el cineasta francés debido a la atracción por la memoria del perdido. Ella dice que filma porque hay cosas que no debe olvidar. Tal vez podría guardarlas en la memoria, pero necesita dar forma a sus recuerdos.

Los recuerdos de la cineasta están materializados en treinta películas (entre cortos, medios y largos) que conformaron la muestra exhibida entre mayo y junio en Brasil: O cinema de Naomi Kawase. La muestra dio la oportunidad de acompañar la carrera de la cineasta como un work in progress – o, como comenta el crítico español José Manuel López (editor del libro El cine en el umbral: Naomi Kawase)-, un life in progress.

Un poco antes de eso, aquí en Buenos Aires, me encontré con Shara en la tele. Ya había visto el filme hacía algunos años, pero no pude resistirme y lo vi otra vez. Hermoso. Unos días después, descubrí la muestra en Brasil, y me quedé muy triste pues no podría participar. De esa manera, organicé mi muestra personal Naomi Kawase y vi/reví todas las películas de ella que pude encontrar, compré el libro de José Manuel López y pasé unos días en retiro fílmico-espiritual.

Como decía el catálogo de la muestra O cinema de Naomi Kawase, las películas de la cineasta japonesa se parecen a las horas que anteceden a la lluvia (casi omnipresente en su filmografía): el viento, los colores y los olores se perciben más fuertes y perceptibles. Además, al filmar ese fenómeno natural y cómo el ser humano lo acoge, Kawase reinserta el hombre en el tiempo circular de la naturaleza. La gestación de la lluvia, el viento que acaricia los árboles, un Japón atemporal entre montañas… elementos de una simplicidad refrescante que permiten el entrelazamiento del tiempo del hombre al tiempo de la naturaleza, algo que podría parecer tan raro en el mundo frenético de hoy.  Llevados por la cámara fluctuante de la cineasta, esos elementos permanecen recurrentes en la memoria, así como la necesidad del toque, que abunda en su cine – tocar lo que se ama, lo que está bien cerca en los close-ups -. Las películas de Kawase poseen esas necesidades orgánicas, y dan unas ganas tremendas de salir corriendo y abrazar, sentir el olor, acostarse en la cama y acariciar a quien nos gusta, dormir con el ventilador en el pelo y enroscado como Toi y Saiko en Nanayo. A pesar del dolor latente que también existe – otra condición bastante orgánica -, las películas irradian una increíble generosidad con la vida: son la celebración de algo banal como estar en el mundo, sentirlo y escucharlo; de cosas chicas filmadas como grandes sucesos, del redescubrimiento del deslumbramiento.

En diversas entrevistas, Kawase dice que su pulsión creativa venía, en el comienzo, para matar la soledad. Sin embargo, la maternidad cambió su relación con el mundo pues la puso en contacto con otros mundos. De sentirse sola, un ser individual, pasó a considerarse parte del universo, pues empezó a aceptar y comprender mejor las personas. Así, después del nacimiento de su hijo, en 2004, ella se dedicó a no preocuparse porla soledad, sino a hacer películas para retratar y celebrar la belleza de la conexión entre las vidas. En Tarachime (2006), Naomi filma el parto de su bebé y, una vez más aparecen  su relación con la tía-abuela, -entonces de 92 años-, la permanencia y la renovación de la vida de manera simultánea,  a través de una corriente de afectos. Y el movimiento del tiempo guiando todo eso: el candor espiritual en el cuerpo arrugado de la abuela, la luminosidad en el cuerpo del bebé. Es la convergencia de todo el cine de Kawase – convergencia que, para mí, también es pulsión en Nanayo.

Nanayo es la primera película de Kawase rodada fuera de Nara. En Tailandia, una japonesa y un francés se encuentran en una casa de masajes y pasan a convivir con la dueña del local y su hijo, más un amigo taxista, todos tailandeses. Naomi va paseando con su cámara (como en todas sus películas, plácida, sutil, muchas veces en la mano) por las vicisitudes de esa casa, adonde las personas no saben quiénes son, no pueden compartir historias de sus vidas, no consiguen comunicarse tradicionalmente y, así, siendo, hacen masajes. El entendimiento a través de las palabras se desplaza al lenguaje del cuerpo, y es acompañado por los cambios climáticos, por la melancolía que exhala de la floresta, por la guerra que estalla y por la paz que rodea.

No importa que Kawase nos muestre lo que está en el lejano Japón, o en la enigmática Tailandia. Así como ella escribe “estoy en casa” en la ventana empañada de This world, sus películas nos despiertan un rencuentro con nuestras cosas que se deslizan hacia una sensación de pertenecer fabulosa. Nos sentimos en casa.

(Publicado en Revista OCNI – Objeto Cultural No Identificado número 2, de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Traducido al español por Elena Vinelli y Martín Aleandro. La versión original, en portugués, puede ser vista aquí)

Bonus: Master Class de Naomi Kawase realizada en el Festival 4+1, en octubre/2011.

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